Ver a Dios a través de cristales rotos
Pastor, Ricardo Iribarren
(1 Voto)

Ver a Dios a través de cristales rotos

Hay una ventana en su corazón a través de la cual puede ver usted a Dios. Una vez esta ventana estuvo limpia y transparente.
Usted conocía a Dios. Sabía cómo él trabaja. Sabía que Dios tenía una voluntad y continuamente usted descubría cuál era.
De pronto, una piedra rompió el cristal de su ventana. El destrozo que hizo fue muy importante. Se trataba de una piedra de dolor.

Es posible que haya sido lanzada cuando usted era aún un pequeño y su papá decididamente se fue de la casa… para siempre. Y ahora, ya de adulto, la piedra llegó, golpeó y rompió.

¿Tal vez había sido una carta sobre la mesada de la cocina, o en otra zona: “Me fui. No trates de buscarme. Todo se acabó. Ya no te quiero”…?

¿Exabruptos verbales, bebidas alcohólicas (alcoholismo), vergüenza, angustias, quizá golpes?... ¿Por qué empezó esto?... ¿Cómo empezó?

¿Había sido el diagnóstico del médico: «Me temo que las noticias no son buenas», etc.…?

(La chiquilla que criaste tuvo una aventura, o varias. Quedó embarazada. Los otros padres se preguntan: «¿Dónde está el padre?» No hay respuestas. La confianza rota, las ilusiones deshechas; ahora desolación y dolor).

El golpe de la piedra resonó por los pasillos de su corazón.

Y de repente, Dios ya no fue tan fácil de ver. Era difícil verlo a través del dolor (de cristales rotos).

Y usted seguramente pensó en su interior: «Dios no debería permitir que cosas así ocurrieran».

Antes de su dolor, la vista era clara. Dios se veía muy cercano. Después de su dolor, y en medio de él, fue ya tan difícil de ver (a Dios) - reflexione en el Salmo 137.

La mayoría de nosotros sabemos cómo completar esta frase: “Si Dios es Dios, entonces ……………”.

No había colapso financiero en la familia. Papá y/o mamá no perderían su trabajo. Podremos seguir cuando mejorara nuestra situación. Tendremos esto y/o aquello.

Nunca mis hijos serán sepultados antes que yo.

¿Mi oración será contestada?... Sí, porque soy una persona buena, no hago cosas de las que pueda avergonzarme. Oro y ya está. Dios no tiene problemas conmigo.

Todo está bien.

Estos criterios difieren en cuanto a la expectativa que tenemos de Dios. Pero de llegar el dolor, estas expectativas quedan insatisfechas.

Buscamos a Dios pero no lo podemos encontrar. Y ahora usted no está tan seguro de lo que ve; tampoco los discípulos estaban seguros de lo que veían.

Jesús no satisfizo sus expectativas. Veamos lo acaecido ante la dura tempestad que los azotó.

Ellos querían pelear. Estaban listos para la batalla, pero en lugar de armas tuvieron remos. Fueron enviados a navegar. Las multitudes fueron despedidas. Las luces del atardecer se fueron apagando. Jesús se alejó y ellos quedaron en el mar con una tormenta formándose en el cielo.

Notemos la secuencia de esta tormenta que el evangelista Mateo describe en Mateo 14: 22-24. ¿Qué notamos?

La tormenta atacó de inmediato. No hubo dilación, ni amagues, ni chascos, ni nada de eso.

Note que Jesús mandó a sus discípulos a que enfrentaran la tormenta solos. Jesús no estaba ignorante de la tormenta. Estaba consciente de que una tormenta brava venía y que barrería con la superficie del mar. Pero no se volvió. Los discípulos tendrían que enfrentar la tormenta… solos.
La más grande tormenta de aquella noche no tuvo lugar en el cielo; se desarrolló en el corazón de los discípulos.
Por momentos nos encontramos en situaciones semejantes. Aparecen los por qué, los reproches, los cómo, los hasta cuándo, los “no pueden ser… hummm… ¡todas estas olas en la barca de mi vida!

El miedo mayor no se debió a las olas provocadas por la tormenta, sino ver la espalda de su Señor (Maestro - Rabí - Líder) mientras los dejaba que enfrentaran la noche solos, con sólo preguntas e interrogantes como compañía.

Los discípulos pensaron seguramente que Jesús vendría en su ayuda. Lo habían visto antes calmar tempestades como ésta -¡cuántos testimonios en nuestras vidas aseveran esto!-. Habían visto como aquietaba el viento (del temor, de la duda, de la desazón, de lo casi irremediable – aunque para nosotros) y suavizaba las olas (los por qué y todo lo demás tenía respuestas, y su paz apaciguaba los dolores, los temores, las angustias). Entonces, ahora, ante este panorama… ¿bajará el Señor del monte? «¡Creemos que sí!», habrán discernido ellos.

Sin embargo, él no bajó. Los brazos de ellos comenzaron a cansarse de remar. ¿Y de Jesús?... Ni señales; nada, nada. Dos horas... tres horas… Los vientos embravecidos; la barca dando tumbos  sobre el agua. Y de Jesús… nada. Sus ojos trataban de ver a Dios… Pero fue en vano.

¿¡Dónde estará!?, reprocha uno de sus discípulos.

¿Se habrá olvidado de nosotros?, se pregunta otro.

Ahora bien, ¿cuáles eran las intenciones de Jesús al dejarlos solos en una noche como esta?

¿A qué se debe tanto dolor en la profundidad del espíritu de aquellas almas?

La situación empeora minuto a minuto, la confianza comienza a desvanecerse, la esperanza de sobrevivir se está haciendo añicos. La fe, que es esa sustancia que no se ve y que agrada a Dios, debe fortalecerse en esa soledad dirigida a ellos por Dios; porque es preciso la soledad, el dolor, los temores.

¿Por qué no viene? Finalmente lo ven. Jesús vino a ellos andando sobre el mar.

Quizá usted también se encuentre en medio de una tormenta, tratando de ver una luz de esperanza - acaso - en la cercana costa. Usted debe saber que Jesús está al tanto de lo que está ocurriendo; que está consciente de la tormenta que lo aflige. Pero por más que trate de verlo venir, sin embargo no lo ve por ninguna parte.

Toda esta situación en la que usted esté involucrado, hará que su estrés ataque sus nervios (traducido en ansiedad, cansancio -agotamiento o pérdida de energía-, dolor en la espalda, estreñimiento o diarrea, depresión, dolores de cabeza, presión sanguínea alta, insomnio, sensación de "falta de aire", caída del cabello, tensión en el cuello, malestar estomacal, subir o bajar de peso, cambios de humor, presión de dientes o mandíbula, tomar más alcohol, tranquilizantes u otras drogas, fumar más, disminución de la autoestima, problemas en sus relaciones con los demás o en el trabajo, problemas en diferentes áreas de la vida, dificultad para tomar decisiones, cambios en el estilo de vida -sin razón aparente-, propensión a tener accidentes, etc. Gripa, gastritis, colitis y úlceras, migraña, contracturas musculares, artritis, alergias, asma, diabetes mellitus, infartos, cáncer, etc., son algunas de las enfermedades que pueden estar relacionadas con el estrés); no obstante, las tormentas atacan su fe (que deriva en ansiedad, preocupación, temor, inestabilidad -interior-, distracción, impotencia espiritual, etc.).

El estrés interrumpe la paz, pero las tormentas la destruyen. El estrés causa fatiga, cansancio. Llega como una sirena de alarma. Las tormentas llegan como un misil. El estrés oscurece el día, las tormentas se acomodan a la noche.

La pregunta del estrés (de parte del estresado), «¿cómo podré luchar y resistir?» (reflexione en 1Reyes 19).

La pregunta de la tormenta (de aquél que atraviesa la tormenta) es: «¿Dónde está Dios, y por qué me hace esto?» Hay ciertas lecciones que se aprenden a través del dolor (considere 1Pedro 5:10; Salmo 34:19; Romanos 5: 3-4).

El mensaje de porqué no lo puede ver: confíe en él. La figura que no se ve no es un fantasma. La voz que oye no es el viento (reflexione en 1Reyes 19:11-14).

¿Sabe una cosa?, Jesús está más cerca de usted de lo que usted jamás imaginó.

¿Quiere usted acercarse a él?... ¿Y cómo es esto?... ¿Me permite acompañarle en una conversación con el Señor Jesús? Digamos (usted y yo):

«Señor Jesús, estoy aprendiendo en tu escuela del sufrimiento. Lo que estoy atravesando sé que es para mi bien y corrección. Concédeme siempre la oportunidad de depender de ti y fortalecerme en esta hora. GRACIAS. Te amo, Señor. Amén».

Espero, de todo corazón, que haya comprendido este mensaje. Es muy oportuno para usted, así como lo es para mí igualmente. Ayuda a la reflexión; a entender por qué nos suceden ciertas cosas -las cuales no alcanzamos a veces a hallarles la respuesta adecuada ni su sentido-, y a descubrir cada situación en particular.

Dios te bendiga grandemente. Pastor Ricardo Iribarren

Leer 245 veces